Nór desapareció... Notaba que había desaparecido, se expandía todo él en alguna dimensión desconocida, notando ninguna y todas las sensaciones prácticamente a la vez. Blanco frío y amarillo calor.
Apareció entre dunas amarillentas de arena, en medio de un desierto. Nór fue despedido quizá unos tres metros hasta que cayó entre sobre la arena. Trató de levantarse y la primera reacción de su cuerpo fue devolver. El viaje le supuso algo nuevo e insoportable para su cuerpo.
Trató de gatear un poco, pero cayó de bruces nuevamente en la arena. Se quedó bajo un sol amenazador y abrasador, inconsciente.
Cuando se despertó, se encontró bajo un techo acolchado por pieles marrones. Estaba desnudo, menos por los tres amuletos triangulares que habían sido anudados alrededor de su cadera. A su derecha tenía una mesa pequeña donde habían dejado el libro, y debajo de él varios papeles más. Detrás de la mesa había pared de barro y pilares de madera.
Nór se encontraba en un catre ligeramente incómodo, donde en lugar de sábanas tenía más pieles. A su izquierda, en el suelo, encontró una vasija cerámica con agua, y algo que parecía queso envuelto por una tela basta.
No entendía nada. Estaba en un lugar absolutamente desconocido, extraño, exótico y primitivo, desnudo y con tres amuletos de hierro pesado colgando encima de sus piernas.
Trató de incorporarse. Todo le daba vueltas. No podía permitirse volver a postrarse, debía escapar de allí. Probablemente, lo primero que Nór pensó, era que le habían capturado... Aunque no estaba maniatado, y tampoco veía ningún tipo de vigilante a su alrededor, y tenía el libro a su alcance...
-¿Hola?-gritó Nór, aunque nadie le respondió ni asomó la cabeza por la puerta que se encontraba justo en frente de él. De hecho, sólo escuchaba el zozobrar con el viento de unos palillos colgantes a modo decorativo.
Se sentó encima del catre, tratando de recuperar el sentido. Y se dio cuenta que hacía mucha calor y tenía sed. Tomó el agua.
Un niño asomó la cabeza, y al verle levantado, se fue gritando. Nór olisqueó el queso, pero su fuerte aroma lo repelió de la tentación. Un hombre corpulento y una mujer baja, esbelta y atlética aparecieron por la puerta. Nór instintivamente se tapó rápidamente.
El hombre iba vestido con pantalón y camisa de tela algo basta marrón, con un collar de amuletos de cerámica. La mujer llevaba un vestido sedoso pero consistente azul zafiro con estampados geométricos blancos verticales. Ambos tenían la piel oscura, ligeramente aceitunada, el cabello largo y recogido. Parecían la misma persona pero en versión masculina y femenina. El hombre llevaba otra vasija, algo más grande, con un paño húmedo dentro.
El hombre se le acercó y le dijo, lentamente:
-Comon win'adog. -gesticulaba como tratando de decirle que le siguiera. La mujer le había llevado una bata de tela gruesa, de color azul.
Nór estaba pasmado. Sin destaparse, se levantó del todo. La mujer trató de quitárselo con un inocente y suave tirón hacia abajo, causando una mayor resistencia por parte de Nór.
El hombre dejó la vasija en el suelo y escurrió uno de los paños.
-Lodej win'tsudeg. -hacía gestos de acercar el paño a su cuerpo, Nór interpretaba que querían asearle.
Nór trató de quitárselo y hacía gestos hacia él, tratando de hacerle entender que ya lo haría él mismo.
-Lodej dennar win'tsudeg!!- exclamó la mujer con expresión autoritaria, y le tiró hacia abajo la piel con que Nór tapaba sus intimidades. Los dos individuos iniciaron el aseo de Nór, mientras Nór tenía miedo y vergüenza. No entendía nada.
Cuando acabaron, la mujer le desabrochó cuidadosamente los amuletos y se los dispuso encima del cuello. Pesaban mucho. Seguidamente la mujer ayudó a Nór a ponerse la bata que había traído consigo, y el hombre volvió a coger el recipiente.
Se situó en la puerta y volvió a repetir "Comon win'adog". Nór le siguió, y detrás de él la mujer le trajo el libro, se lo dio, y le apretó fuerte las manos, obligándole a que lo llevara. Salieron de la choza hacia un callejón de otras chozas de barro de como mucho dos pisos de alto con alguna especie de terraza. El cielo era completamente azul, de un tono más oscuro al que estaba acostumbrado.
Llegaron a una plaza circular. A su espalda quedaba una entrada principal, bloqueada por puertas de madera, y ante él un edificio grande, de una arquitectura no tan tosca, pintado de blanco con motivos triangulares en rojo en la entrada. Tenía una ligera forma piramidal, las paredes no eran del todo rectas, sino que tenían una inclinación hacia su interior.
Y se dirigían hacia ese edificio.
martes 1 de septiembre de 2009
lunes 31 de agosto de 2009
Mil o un mundo. Parte IV
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Nór estaba corriendo hacia casa de Sol. Un silencio vacío seguía merodeando el pueblo.
Lo que más le aterraba era que casa de Sol estaba ante el Bosque Sombrío, el cual cada vez estaba más próximo a él.
Giró a mano derecha por la calle principal, calle que continuaría hasta el Bosque Sombrío y giraría para convertirse en una ruta que seguía el contorno del bosque, sin adentrarse. Allá estaba casa de Sol, una casa de dos pisos, tejado de pizarra azul oscura, que bajo la luz de la nocturnidad era casi negra, y paredes de piedra gris.
Nór corría. Llegó ante la entrada del jardín, y frenó. Movió la hoja de la puerta de la verja, estaba abierta. Se escabulló rápidamente hacia la casa y miró. Las ventanas eran de cristal pero ante el cristal había una malla metálica fijada en la pared.
Se concentró en la puerta. Hacía demasiado tiempo que no entraba por esa puerta. Buscó bajo varios objetos por si encontraba alguna llave escondida. Ni debajo de las macetas con pensamientos en el suelo, ni dentro de la tierra, ni bajo piedras... Nór no sabía que hacer. Se quedó de pie, mirando hacia el bosque, una nube oscura, una nube que absorbía toda luz. Desconfiaba, tuvo miedo. Se giró, cuando de reojo vio unos grandes ojos brillantes, aparentemente azules. Se volvió a girar para volver a tener frente a él el bosque. No había nada.
Decidió abrir la puerta de un empujón. Sol ya no tendría ningún interés en repararlo, y la casa estaba lo suficientemente alejada de otras casas como para que alguien se preocupara por el estruendo. Un estruendo pequeño, se esperaba Nór, no era muy corpulento y temía no poder abrirlo con el primer golpe. Pero tenía que hacerlo.
Se echó hacia atrás, hizo carrerilla, la puerta se abrió sin ninguna resistencia, y continuó abalanzado hasta caerse dentro de la casa. Nór no había probado si esa puerta también estaba abierta. El cierre no había sido forzado. Cerró la puerta y comprobó del todo que así era, pues el pestillo salió y bloqueó la puerta con absoluta normalidad.
Continuó hacia el interior de la casa.
Muchos muebles habían desaparecido. Nór no tenía ni idea de cual podría ser la cerradura que encajara con la llave. La volvió a sacar y la miró. Era una llave rara, antigua, pero a su vez sencilla, sin ninguna decoración. Lo extraño estaba en la forma de los dientes: era muy fino, rectangular y tenía unas hendiduras pequeñas. Temía que fuera un mueble y ya se lo hubieran llevado, porque debería averiguar quien se lo habría llevado, si es que no lo habían encontrado ya y probablemente destruido... Dejando de lado tales cábalas, Nór fue mirando todos los muebles que aun estaban. No veía ninguno con ningún cajón que llevara cerradura.
Había registrado toda la casa. Sol sólo tenía un cuadro, pero tras él tampoco encontró nada. Nór, desanimado, se trasladó hasta la cocina. Era una cocina sencilla con suelo de losas de cerámica rojiza, cocina de fuego de leña, donde los pocos armarios que habían no tenían tampoco ninguna cerradura. Nór agitaba la llave en su mano derecha, mirando a todo su alrededor, exhausto y meditabundo, y se le resbaló. Se agachó y la recogió. Mientras fue levántandose, vio ligeramente a la derecha una pequeña fisura en el suelo cerámico, en medio de una losa.
Se agachó a mirarla, era muy extraña, fina, con cierta profundidad,... Parecía el ojo de una cerradura, pero ¿en una losa de cerámica? Nór se rindió a lo absurdo, y probó encajando la llave.
Escuchó un repiqueteo metálico, y cuando tiró de la llave se fijó que podía mover una gran placa del suelo, hacia arriba. Una puerta de metal es lo que era, oculta por una placa de losas de cerámica. Pesaba mucho, pero consiguió moverla. Vio unas escaleras de mano, metálicas también, que bajaban hacia la oscuridad. Nór encontró por la cocina un candelabro con una vela blanca a medio terminar, la encendió, dejó la luz delante de la puerta, volvió a abrirla, tiró de la llave, y bajó lentamente, cerrando la puerta tras de sí, tras comprobar que la cerradura también estaba por el otro lado. Volvió a escuchar el repiqueteo metálico.
Cuando bajó, se encontró en una pequeña cámara, con otra puerta metálica con la misma cerradura, y un triángulo con círculos en relieve. Volvió a introducir la llave, suerte que decidió llevársela. Era sorprendente cómo aquella anciana tenía un lugar así en su casa, con tanta protección... Debió costarle mucho, y no recordaba haber visto obreros en su casa ni en aquella zona del pueblo en años.
Allí dentro, otra cámara densa y oscura con otra puerta de metal, vio una mesa de madera, vulgar y corriente, con algo recubierto por una tela negral. Luego descubrió la tela, y se encontró con un vetusto libro grueso, de cubiertas de cuero marrón desgastadas, con un grabado triangular, similar al de la puerta, envuelto por una cadena con tres grandes amuletos, "los triángulos utópicos". Eran triángulos de hierro, de casi un palmo de grande, y casi un dedo de grosor. Eran huecos por dentro, y tenía tres círculos, uno en cada punta, con una pequeña espiral en sentido contrario a las agujas del reloj, y bajo ellas una gema incrustada, y justo en medio otro círculo con una espiral en sentido a las agujas del reloj, pero sin nada debajo, de manera que estaba hueca. Eran el mismo símbolo que acompañaba la puerta de entrada, y la cubierta y contraportada del libro.
Encima del libro, pero, había otra nota.
"Si has llegado hasta aquí, gran beneficio resultará para todos los mundos.
Haber removido los amuletos y el contacto con el libro habrá resultado una llamada para los seres guardianes de las balizas que han salido a su búsqueda. Espero que hayas cerrado todas las puertas..."
Nór miró la puerta por la que había entrado, no estaba cerrada. Fue a mirar la otra, con temor, a pesar de saber que la había cerrado.
Emitía una extraña luz azulada por las rendijas, y temblaba. Nór se quedó congelado de miedo. ¿Qué estaba pasando?
El mismo pánico le arrancó del lugar, entró en la cámara del libro y cerró la puerta con llave.
Cogió el libro, y la nota cayó. La miró y siguió leyendo "...Los guardianes no tardarán en destruirlas, pero hay algunas protecciones en las puertas que tardarán más de lo normal. Coge los amuletos y póntelos encima, te protegerán. Espero que lleves encima el mapa, porque ya no hay vuelta atrás. Deberás ir directamente a la baliza para transportarte hasta otro mundo, donde de momento estarás a salvo. Abre la otra puerta, ciérrala tras de ti, y sigue el pasadizo. Encontrarás otra trampilla, la cual deberás abrir y salir corriendo todo recto hasta que veas una luz azulada. Allí estará la baliza. Los portales suelen encontrarse en algún lugar ante la baliza, invisibles. Por nada del mundo trates de tocar la baliza. Nunca. Y recuerda, lleva contigo el libro, SIEMPRE."
Y así lo hizo.
La trampilla le dejaba en medio del Bosque Sombrío, se olvidó el candelabro. Los amuletos pesaban mucho, y el libro no le había cabido en el bolso. Pero siguió recto, recto, aferrado al libro. Vio una luz azulada, primero pálida, luego fuerte hasta que sus ojos se acostumbrarón y vio un objeto que emitía luz, suspenso en el aire, en forma de prisma romboidal y rotaba en sí mismo lentamente. Tras de sí y alrededor oía ruidos, y unos gritos ensordecedores que no eran de ese mundo. Nór se armó de valor y continuó corriendo, mientras cerca de la baliza aparecía unos ojos azulados, del mismo color que la baliza.
Y cuando Nór ya tenía la baliza a un metro, desapareció.
Nór estaba corriendo hacia casa de Sol. Un silencio vacío seguía merodeando el pueblo.
Lo que más le aterraba era que casa de Sol estaba ante el Bosque Sombrío, el cual cada vez estaba más próximo a él.
Giró a mano derecha por la calle principal, calle que continuaría hasta el Bosque Sombrío y giraría para convertirse en una ruta que seguía el contorno del bosque, sin adentrarse. Allá estaba casa de Sol, una casa de dos pisos, tejado de pizarra azul oscura, que bajo la luz de la nocturnidad era casi negra, y paredes de piedra gris.
Nór corría. Llegó ante la entrada del jardín, y frenó. Movió la hoja de la puerta de la verja, estaba abierta. Se escabulló rápidamente hacia la casa y miró. Las ventanas eran de cristal pero ante el cristal había una malla metálica fijada en la pared.
Se concentró en la puerta. Hacía demasiado tiempo que no entraba por esa puerta. Buscó bajo varios objetos por si encontraba alguna llave escondida. Ni debajo de las macetas con pensamientos en el suelo, ni dentro de la tierra, ni bajo piedras... Nór no sabía que hacer. Se quedó de pie, mirando hacia el bosque, una nube oscura, una nube que absorbía toda luz. Desconfiaba, tuvo miedo. Se giró, cuando de reojo vio unos grandes ojos brillantes, aparentemente azules. Se volvió a girar para volver a tener frente a él el bosque. No había nada.
Decidió abrir la puerta de un empujón. Sol ya no tendría ningún interés en repararlo, y la casa estaba lo suficientemente alejada de otras casas como para que alguien se preocupara por el estruendo. Un estruendo pequeño, se esperaba Nór, no era muy corpulento y temía no poder abrirlo con el primer golpe. Pero tenía que hacerlo.
Se echó hacia atrás, hizo carrerilla, la puerta se abrió sin ninguna resistencia, y continuó abalanzado hasta caerse dentro de la casa. Nór no había probado si esa puerta también estaba abierta. El cierre no había sido forzado. Cerró la puerta y comprobó del todo que así era, pues el pestillo salió y bloqueó la puerta con absoluta normalidad.
Continuó hacia el interior de la casa.
Muchos muebles habían desaparecido. Nór no tenía ni idea de cual podría ser la cerradura que encajara con la llave. La volvió a sacar y la miró. Era una llave rara, antigua, pero a su vez sencilla, sin ninguna decoración. Lo extraño estaba en la forma de los dientes: era muy fino, rectangular y tenía unas hendiduras pequeñas. Temía que fuera un mueble y ya se lo hubieran llevado, porque debería averiguar quien se lo habría llevado, si es que no lo habían encontrado ya y probablemente destruido... Dejando de lado tales cábalas, Nór fue mirando todos los muebles que aun estaban. No veía ninguno con ningún cajón que llevara cerradura.
Había registrado toda la casa. Sol sólo tenía un cuadro, pero tras él tampoco encontró nada. Nór, desanimado, se trasladó hasta la cocina. Era una cocina sencilla con suelo de losas de cerámica rojiza, cocina de fuego de leña, donde los pocos armarios que habían no tenían tampoco ninguna cerradura. Nór agitaba la llave en su mano derecha, mirando a todo su alrededor, exhausto y meditabundo, y se le resbaló. Se agachó y la recogió. Mientras fue levántandose, vio ligeramente a la derecha una pequeña fisura en el suelo cerámico, en medio de una losa.
Se agachó a mirarla, era muy extraña, fina, con cierta profundidad,... Parecía el ojo de una cerradura, pero ¿en una losa de cerámica? Nór se rindió a lo absurdo, y probó encajando la llave.
Escuchó un repiqueteo metálico, y cuando tiró de la llave se fijó que podía mover una gran placa del suelo, hacia arriba. Una puerta de metal es lo que era, oculta por una placa de losas de cerámica. Pesaba mucho, pero consiguió moverla. Vio unas escaleras de mano, metálicas también, que bajaban hacia la oscuridad. Nór encontró por la cocina un candelabro con una vela blanca a medio terminar, la encendió, dejó la luz delante de la puerta, volvió a abrirla, tiró de la llave, y bajó lentamente, cerrando la puerta tras de sí, tras comprobar que la cerradura también estaba por el otro lado. Volvió a escuchar el repiqueteo metálico.
Cuando bajó, se encontró en una pequeña cámara, con otra puerta metálica con la misma cerradura, y un triángulo con círculos en relieve. Volvió a introducir la llave, suerte que decidió llevársela. Era sorprendente cómo aquella anciana tenía un lugar así en su casa, con tanta protección... Debió costarle mucho, y no recordaba haber visto obreros en su casa ni en aquella zona del pueblo en años.
Allí dentro, otra cámara densa y oscura con otra puerta de metal, vio una mesa de madera, vulgar y corriente, con algo recubierto por una tela negral. Luego descubrió la tela, y se encontró con un vetusto libro grueso, de cubiertas de cuero marrón desgastadas, con un grabado triangular, similar al de la puerta, envuelto por una cadena con tres grandes amuletos, "los triángulos utópicos". Eran triángulos de hierro, de casi un palmo de grande, y casi un dedo de grosor. Eran huecos por dentro, y tenía tres círculos, uno en cada punta, con una pequeña espiral en sentido contrario a las agujas del reloj, y bajo ellas una gema incrustada, y justo en medio otro círculo con una espiral en sentido a las agujas del reloj, pero sin nada debajo, de manera que estaba hueca. Eran el mismo símbolo que acompañaba la puerta de entrada, y la cubierta y contraportada del libro.
Encima del libro, pero, había otra nota.
"Si has llegado hasta aquí, gran beneficio resultará para todos los mundos.
Haber removido los amuletos y el contacto con el libro habrá resultado una llamada para los seres guardianes de las balizas que han salido a su búsqueda. Espero que hayas cerrado todas las puertas..."
Nór miró la puerta por la que había entrado, no estaba cerrada. Fue a mirar la otra, con temor, a pesar de saber que la había cerrado.
Emitía una extraña luz azulada por las rendijas, y temblaba. Nór se quedó congelado de miedo. ¿Qué estaba pasando?
El mismo pánico le arrancó del lugar, entró en la cámara del libro y cerró la puerta con llave.
Cogió el libro, y la nota cayó. La miró y siguió leyendo "...Los guardianes no tardarán en destruirlas, pero hay algunas protecciones en las puertas que tardarán más de lo normal. Coge los amuletos y póntelos encima, te protegerán. Espero que lleves encima el mapa, porque ya no hay vuelta atrás. Deberás ir directamente a la baliza para transportarte hasta otro mundo, donde de momento estarás a salvo. Abre la otra puerta, ciérrala tras de ti, y sigue el pasadizo. Encontrarás otra trampilla, la cual deberás abrir y salir corriendo todo recto hasta que veas una luz azulada. Allí estará la baliza. Los portales suelen encontrarse en algún lugar ante la baliza, invisibles. Por nada del mundo trates de tocar la baliza. Nunca. Y recuerda, lleva contigo el libro, SIEMPRE."
Y así lo hizo.
La trampilla le dejaba en medio del Bosque Sombrío, se olvidó el candelabro. Los amuletos pesaban mucho, y el libro no le había cabido en el bolso. Pero siguió recto, recto, aferrado al libro. Vio una luz azulada, primero pálida, luego fuerte hasta que sus ojos se acostumbrarón y vio un objeto que emitía luz, suspenso en el aire, en forma de prisma romboidal y rotaba en sí mismo lentamente. Tras de sí y alrededor oía ruidos, y unos gritos ensordecedores que no eran de ese mundo. Nór se armó de valor y continuó corriendo, mientras cerca de la baliza aparecía unos ojos azulados, del mismo color que la baliza.
Y cuando Nór ya tenía la baliza a un metro, desapareció.
domingo 28 de diciembre de 2008
Capítulo II. El estudio de Cambridge. Parte I
Wilfred Bassey esperaba a Peggy cerca de la entrada principal de la estación. Era un hombre alto, delgado, de porte algo señorial y aparentemente reservado, pero a la vez sereno y seguro, desprendiendo una sigilosa juventud y vitalidad; ojos azul grisáceo oscuro tras unas gruesas lentes, y cabello oscuro. En ese momento estaba mirando su reloj de bolsillo, algo más grande de lo habitual, dorado.En ese momento, dejó de mirar su reloj para dirigirse hacia una muchedumbre que procedía de los andenes, fijándose por el flanco izquierdo, y ella apareció por su derecha. Cuando se vieron, se abrazaron, y Wilfred recogió la mayoría del equipaje de Peggy.
-¿Qué tal el viaje?
-Igual que cualquier otro viaje en tren, querido... ¿Siempre están haciendo obras en esta estación?
-Sí, así es... Cambridge cada vez es más importante -llegaron ante el automóvil de Wilfred- ¿Qué te parece?
Era un automóvil de carrocería marrón y negra, con dibujos y relieves, guardabarros dorados y grandes ruedas negras, engomadas en caucho, de radios finos, con formas elegantes. Tenía un capó replegado y por detrás de ese capó salían dos finas chimeneas doradas. Era de cuatro plazas forradas en cuero marrón, y tenía el motor de vapor justo detrás, aunque aparentaba pequeño. Tenía unas aberturas verticales similares a las branquias de un tiburón cerca del guardabarros trasero. Sin embargo, era en relación a otros modelos algo pequeño, y aparentaba ligero. Peggy estaba maravillada.
-Me parece que el diseño más técnico es tuyo, tengo ganas de ver cómo funciona, pero dudo que lo hayas decorado tan bien. Es... bonito.
-Gracias, Lady Helen Margareth Carley... ¿Así que no soy capaz de hacer eso que tú dices? Te vas a comer las palabras... Oh, sí, desde luego. En el estudio tengo las pruebas.
-Pues entonces estoy impresionada... Pero no me vuelvas a llamar así... Veamos cómo funciona.
Habían dejado la mayoría del equipaje en los asientos de detrás.
-Vaya, el motor ha comenzado a bajar de temperatura... -suspiró Wilfred mientras se colocaba unas gafas de conductor doradas. Entonces bajó una pequeña palanca y pulsó un botón. Un leve siseo se escuchó, y seguidamente pulsó otro botón. Las aberturas traseras dejaron ir un vaho de vapor, y la chimenea más grande comenzó a emanar considerable cantidad de vapor. Peggy estuvo atenta a todas estas acciones, desde su posición de copiloto.
-Vaya, estoy maravillada. Apenas vibra, es muy estable.
-Querida: estabilidad "Bassey". Lo malo es que aun no consigo un sistema más efectivo y rápido de encendido del combustible, así que he tenido que dejarlo encendido. Lo bueno: nadie apenas oía que estaba encendido. Tiene un condensador especial que a relativas bajas temperaturas recoge el...
-Bueno, Wilfred, estás tardando lo que tardaría en encenderse. -interrumpió Peggy.
Su coche desfiló por toda Hills Road. Se cruzaban con varios coches a caballo, y algunos otros coches a vapor, pero parecían ir más lentos.
-Eh, Wilfred -espetó Peggy- ¿a qué velocidad puede llegar?
-Eh,... aun no lo he probado a máxima potencia, pero estamos yendo a 4o km/h y aun no está ni caliente.
-¿Kilómetros por hora?
-Sí, estoy usando el Sistema Internacional de Unidades -gritaba mientras conducía.
El coche continuó por Hills Road hasta divisarse algunas facultades, colegios y jardines de la Universidad de Cambridge, y giró a la derecha por Park Terrace, para girar nuevamente a una calle más estrecha a la izquierda, a Victoria Street.
Vivía en una pequeña casa con un pequeño jardín no destacable, pero sí bien cuidado. Wilfred llevó el coche hasta un rincón del jardín, con sumo cuidado, entre una especie de cobertizo creado por enredaderas que trepaban por alambres forjados de hierro. Colocó el automóvil encima de una plataforma de madera, lo apagó. Wilfred se bajó, y cuando Peggy hubo bajado, le pidió que mirara si había alguien del vecindario mirando.
-¿Por qué?
-Tú hazlo y dime si alguien.
No había nadie. Wilfred estiró de la pared algo, y aparecieron cuatro guías de bronce por esquina de la plataforma de madera. Entonces el automóvil comenzó a hundirse hacia un subterráneo, mientras se escuchaba suavemente un mecanismo.
-¿Y esto? -preguntó bastante sorprendida Peggy. -¿Desde cuando escondes cosas bajo suelo? ¿Por qué?
-Muy bien Peggy, a partir de ahora, lo que vayas a ver, oir, tocar, notar en tu piel, respirar o lo que sea, no puede salir de tu boca o de tus manos, o de tu mente, ¿comprendido? -dijo suave pero enérgicamente Wilfred, agarrando las muñecas de ella. Ella asintió, con cara de suma consternación. No conocía esa nueva faceta de la vida de su primo, tan misteriosa.
Wilfred buscó en su bolsillo una llave. Era una llave especial, como de seguridad. La introdujo en la puerta y a Peggy le pareció oir unos mecanismos, pero no estaba segura, eran demasiado débiles.
viernes 26 de diciembre de 2008
Capítulo I. De vuelta a Inglaterra. Parte III

Ada no se inmutó, obviamente, pero Peggy asió su mano y le indicó que bajaría. Ada optó por quedarse. Peggy, antes de abandonar la habitación se llevó consigo una caja grande metálica.
Una vez abajo vio a su hermana Adelaide, junto a su marido Terry y a su hijo que nunca había conocido hasta entonces Peggy. Tenía apenas un año, y ya era un niño risueño.
Adelaide vio a su hermana y sonrió. -¡Peggy! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo va todo por la Índia?
Se abrazaron y Peggy le contestó:- Bien, todo calmado.
-¿Has visto ya a Wilfred? ¿Has visto el sistema de calefacción que nos ha instalado? Ya no pasamos frío.
-Sí, ya lo he visto, es un genio... ¿Me dejas coger al pequeño?
-Oh, querida, aun no lo habías conocido en persona... Se parece a nuestro padre -dijo algo conmocionada.
Ciertamente, a pesar de ser tan pequeño, parecía una pequeña caricatura de su padre. Y también parecía advertir un futuro emprendido por la curiosidad. Peggy había dado el paquete metálico a cambio del niño, a su hermana.
-¿Y esto?
-Es para tía Margareth. Es té, un té que no se encuentra fácilmente en Inglaterra, ni en Europa, pero de calidad excepcional... Oh, es un encanto -Peggy jugueteaba con el niño-, Joseph...
-Al final se llama Joseph Albert, igual que nuestro padre. -entonces miró Peggy a Adelaide con melancolía.- Y también Lucius, como el padre de Terry. -Peggy suspiró, y devolvió Joseph a los brazos de su madre.
-También te he traído algunas cosas de la Índia. Y para el pequeño Joseph. No le digas nada a tía -aprovechando su ausencia- pero es un amuleto hindú. -acompañó con una sonrisa.
Dejó el paquete de té en la mesa del recibidor, junto a su sombrero, y acompañó a su hermana hasta, de nuevo, la planta superior. Terry no la acompañó, sino que se dirigió a la sala de estar, ante el hogar.
Adelaide acunó a su niño, y salió de su habitación.
Adelaide recuperó una seriedad más habitual de su época estudiantil.
-¿Qué te ha llevado volver a estas tierras tan frías? -Peggy notó el calor que Wilfred había instalado en toda la casa. Sabía que se refería más concretamente a Kettering su hermana.
-He venido para saludar y veros. Mañana iré a Cambridge y...
-Para visitar a Wilfred, y de nuevo irte. Peggy, llega un momento en que deberías sentar cabeza.
Peggy la miró fijamente.
-¿Sentar cabeza? Desde luego, desde que decidiste casarte con ese est... Terry y quedarte en Kettering con tía Margareth, has cambiado muchísimo.
-¿Pero es que no te das cuenta, querida? Es la naturaleza de la mujer. Me di cuenta sobre todo cuando tuve a Joseph...
-¿Naturaleza de la mujer? ¿Quién dijo eso? ¿Quién dijo que existía eso, quizá Darwin, o quizá nuestra docta tía Margareth junto a toda la sociedad?
-No es eso... ¿Sabes qué dicen? Creen a veces que estás muerta, o rumorean la mala vida que podrías llevar allí. Incluso alguna vez llegaron a decir que incluso colaboraste con los cipayos en la Índia...
-Cipayos, que sabrán ellos... ¡Si fue antes que yo naciera!
-Da lo mismo. Alguna vez se burlan diciendo que parezco yo la hermana mayor de la familia... Y a veces creo que tienen razón. Deberías tomar tú las riendas de la casa, y de la familia, no yo, ni tía Margareth, ni Terry, que se ha convertido en el hombre de la casa. Nos gustaría a Terry y a mí abandonar esta casa, e irnos a vivir a Manchester, o a Liverpool.
-Veo que los intentos de contrarrestar la frialdad de esta casa no le han servido de nada a Wilfred. Ya se lo diré cuando le vea.
-Peggy -bajó la mirada Adelaide, y juntó sus manos.- Sé que eres quien más le ha costado afrontar la muerte de padre y de Isaac, sobre todo porque eres la mayor...
-¡No es eso! - Peggy se excitó de sobremanera, frunciendo el ceño fuertemente.
-¡Sht! ¡Despertarás a Joseph!
-He ido a afrontar la labor que padre no pudo acabar, y a mejorarla.
-La filantropía no alimenta ni conduce a una familia. Además tienes veintisiete años y aun no te has casado siquiera.
-Addie. No hay más que hablar. Definitivamente tenemos maneras de pensar diametralmente opuestas. Te quiero como hermana, y dejemos de discutir. Trátame de loca, si lo prefieres. Mañana me volveré a ir, y a veces creo que tengo menos motivos para volver, sino fuera por Ada, y por el pequeño Joseph... -bajó la mirada Peggy, y Adelaide se quedó mirándola. La abrazó y susurró "eres como papá". Sus ojos quedaron húmedos.
Peggy agarró la mano de Adelaide y la llevó a su habitación.
Ada ya no estaba. Peggy buscó de nuevo entre su equipaje, y obsequió a su hermana con unas telas indias de gran calidad, y otro sobrecito "Procura que Ada siga las instrucciones. Le di también semillas, pero de otra especie. Le pediré a Wilfred que os construya alguna especie de invernadero pequeño para casa". Peggy estaba realmente ausente, y también le dio un amuleto, en realidad turco, que no entendió como llegó hasta la Índia. Una cuenta de cristal azul con un punto negro en el centro. "Me contaron que esto protege de cualquier mal a los niños. Haz con ello lo que te plazca".
La hora de la cena llegó, y todo fue muy mudo y frío, hasta el sonido de la cubertería al chocar con la vajilla parecía que formaba parte del mismo pesado silencio. Peggy ya pensaba en irse hacia Cambridge. Recordaba otro motivo por el que decidió continuar el camino de su padre.
Capítulo I. De vuelta a Inglaterra. Parte II

En poco tiempo llegaron a su casa, al noroeste de Kettering.
El conductor ayudó a Peggy con todo su bagaje. Llegaron a la puerta, y antes de otra acción, Peggy pagó correctamente al conductor por sus servicios.
Mientras observaba como el conductor comprobaba de nuevo el pago, subía a su asiento, cogía las riendas del caballo, Peggy pensaba en todo lo que había dejado atrás, temporalmente.
Los galopes se alejaban, y Peggy observaba todo su alrededor: el roble viejo permanecía a la izquierda de la casa. La casa continuaba igual que siempre. Era una casa no muy grande, modesta para un lord.
Peggy era una joven de veintisiete años, aunque aparentaba tener cinco años menos. Su figura era esbelta, y prescindía de los laboriosos y compresores corsés: en realidad llevaba uno a medida que sólo le sujetaba lo que le tenía que sujetar. Llevaba una falda gris abotonada en los laterales, con un pequeño polisón cómodo. Llevaba una chaqueta de lana, y lamentaba que no calentara más. Además, llevaba un sobretodo que le cubría el cuello de su camisa blanca, y un sombrero con un pequeño ornamento floral violeta, y un lazo negro. Llevaba el pelo largo, sedoso, oscuro, medio recogido, y la negrura de su cabello contrastaba con la palidez de su tez, aunque los ingleses percibieran algo tostada por el Sol, y sus ojos grises y grandes hacían de mediador entre tanta contradicción cromática. Sus labios eran estrechos, algo gruesos, y en ese momento estabn palidecidos por el frío inglés.
Finalmente se decidió, y tocó el timbre. La misma campana melodiosa de siempre. Tardaron dos minutos en abrirle. Su tía se quedó mirándola, tercamente, con una mueca de disgusto e incluso rencor.
-Lady Helen Margareth ¿Qué haces aquí?
-Esta es mi casa. Puedo venir cuando lo desee -contestó Peggy.
-Además de ausentarte de tus obligaciones como señora de la casa, de tus obligaciones como heredera de las posesiones de tu padre, y de tu posición como mujer, te olvidas hasta de tus modales... -contestó sardónicamente.
-No hace falta que continúe, tía. Permítame entrar. -atravesó a su vetusta tía Margareth con su mirada fría y gris como el mismo día. Ella la dejó entrar, no sin reservas.
Peggy fue depositando todo su equipaje en el hall, dejó su sombrero en la mesita bajo el espejo, y miró en la sala de estar, a su izquierda. La mayor parte del calor procedía de esa sala, más concretamente del hogar, normalmente, pero extrañamente se encontraba más cálida la casa, y la temperatura era más homogénea. Se fijó instintivamente en los bordes inferiores de las paredes, y observó unas tuberías de bronce. Tenía pequeños filtros de donde salían hilillos de vapor que rápidamente se difuminaban en el aire. Su tía vio la observación de su sobrina.
-Tu primo Wilfred hace tres meses...Vino y lo instaló. Ya sabes cómo es, tan... aislado en su mundo de cachivaches. Yo no lo habría permitido, pero dijo que tú le dabas el consentimiento. -Su tía, dicho esto, se adentró hacia la sala de estar. Wilfred era como un hermano para Peggy. Tenían la misma edad, con una mínima diferencia de dos meses, y además tenían gran similitud física. Peggy pensó que debía visitarle prontamente, en Cambridge. -¿No saludas a tu hermana? -increpó su tía.
Allá se encontraba su hermana, la menor de los cuatro hijos. En realidad eran hermanastras, fruto de un segundo matrimonio de su difunto padre, y se notaba en los largos, rizados y rubios cabellos, y unos pequeños labios gruesos. Se llamaba Ada. Lucía un traje polisón verde que envolvía su cuerpo de diecisiete años, de complexión robusta, y estaba haciendo labores en punto de cruz. Cuando Ada vio a Peggy, saltó de un bote y la abrazó. Era sordomuda, pero pronto se hizo entender "¿Me has traído regalos?" Peggy asintió con una dulce sonrisa, y le indicó que más tarde se los daría.
Peggy preguntó a su tía donde estaba su otra hermana.
-Ha ido al entierro del alcalde. ¿Te enteraste?... Una situación morbosa que no cabe entrar en detalles, y menos conocer los motivos de su defunción. Terry la ha arrastrado, pues está haciendo de representación de la familia... -dijo esto último, su tía, remarcando lo que a su parecer debiera estar haciendo Peggy.
Peggy recordó al estúpido de su cuñado. No entendía cómo podía haber seducido a su hermana un año menor que ella. Se parecían bastante, incluso en carácter, pero Adelaide, su hermana, seguramente era mucho más hogareña y pasiva. Aun así su hermana tenía conocimientos de química: fueron prácticamente juntas a la Universidad de Cambridge, pero sólo Peggy pudo acabar la carrera en ciencias químicas.
Su cuñado era un primo segundo que se parecía a la tía Margareth, tanto en carácter como incluso físicamente, la misma tía que había recibido tan "calurosamente" a Peggy. Alto, delgado y fino, de modales austeros y carácter inglés muy cerrado, aunque se debía reconocer que era un hombre de rasgos atractivos. Probablemente fue ese el motivo por el que su hermana Adelaide se casó con Terry.
Tras tantas observaciones, Peggy cogió la suave y blanca mano de Ada, le pidió ayuda con los equipajes, y subieron hasta la habitación donde Peggy creció. Cerró la puerta, y Ada se sentó en la cama de Peggy. Peggy, mientras tanto, rebuscó entre su equipaje, y finalmente encontró los regalos para Ada, su hermana adorable.
Sacó un collar. No era un collar al que Ada estaba acostumbrada a ver en Inglaterra, y sabía que era algo de la Índia. Era de plata, de eslabones que encajaban a la perfección, pero que parecía, cada eslabón, a su vez cuentas orientales. Luego sacó un sobre pequeño de cuero, y de su interior descubrió unas semillas. Le dio a Ada un papelito donde decía la especie, un tipo de orquídeas, e indicaba condiciones de plantación y mantenimiento. Ada quedó muy contenta, con ojos muy brillantes.
Abajo el timbre sonó.
Capítulo I. De vuelta a Inglaterra. Parte I.

Dedicado a toda la comunidad que comparte sus conocimientos y simpatía en el foro de Steampunk Spain.
El día era gris. Algunas brumas se posaban en los campos y poblaciones que se avistaban desde las ventanillas del tren. Incluso adentro del vagón hacía frío, y a Peggy eso le molestaba. No sólo no recordarlo, sino experimentarlo. Aunque nació en su casa señorial de Kettering, se había habituado a otros climas más afables.
El tren de la ruta de Northamptonshire, a medida que se alejaba de Londres y se acercaba a la estación de Leicester, se iba vaciando. Para las paradas que restaban hastaKettering, quedaban unas cuantas mujeres que habían ido de compras precisamente a Leicester.
El único vínculo entre todas las estaciones y trenes que había estado en su vida era el estridente y dulce sonido del silbido de la locomotora, y ese vaho que de vez en cuando se dejaba ver cuando la presión atmosférica era más baja o alguna corriente de viento jugaba contra la locomotora imperceptiblemente.
Pasada la estación de Loughborough, similar a la que se encontraría después en Kettering, Peggy comenzó a mover sus pesados bagajes, y los más pequeños del maletero. Llegó. En las ventanas reconocía ya muchos paisajes, muchos tonos. Dos mujeres, una con su joven hija adolescente de catorce años, cabellos rubios y muy rizados, con maneras poco educadas, se avanzaron corriendo hasta la salida del vagón. Peggy recordaba ya las maneras reservadas y ajetreadas de la gente inglesa, y se lamentó. Desearía volver a la Índia.
Una vez abajo, con todo su equipaje bajado, sabía que nadie le ayudaría a acarrear todo aquello. Hacía frío, y el vapor de la locomotora, que inundaba la mitad del andén. Peggy se fijó en la escasa originalidad que tenía esa estación respecto a otras. Todas las estaciones regionales se parecían entre ellas.
La estación de Kettering no fue de las primeras en ser construida en la zona, pero vio relativa prosperidad ferroviaria en poco tiempo. Fue abierta en el 1857, pero ella entonces aun no había nacido, le faltarían once años más. Desde entonces, entre el 1879 y el 1884 la estación se fue ampliando con nuevas vías. Era noviembre de 1895 y se fijó Peggy que habían iniciado una nueva remodelación en las vías.
Los edificios de la estación, de estilo victoriano basto, tenía la típica techumbre que rememoraba las edificaciones industriales, en forma de zig zag, en negro. Este tejado contrastaba con los delicados pilares y paredes pintados en blanco, con algunos acabados y dinteles de puertas y ventanales nuevamente en negro. Lo más bello de la estación, como en muchas otras tan similares, eran los acabados de los pilares en forja de hierro, de motivos vegetales, presentes también en muchas otras estaciones del mundo, no sólo inglesas.
Alrededor habían arboledas desnudas, blancas, y campos del color del otoño más tardío, pero aun no había nevado.
Peggy se situó cerca de la estación, hasta que vio un servicio de carruajes. No eran los mejores carruajes londinenses accesibles y fáciles de hallar, pero facilitarían su travesía. Las calles parecían heladas, vacías, había poca actividad. La gente mostraba cara amarga y pose reservada, caminando ansiosamente en cortos pasos. Era un viernes aparentemente muy triste.
Su primer destino fue la Oficina de Correos, donde recogió toda la correspondencia de los Carley. Seguidamente se dirigió con el carruaje a su casa. Peggy, antes de subir nuevamente al carro, preguntó al conductor si sucedía algo especial en Kettering.
-Sí, señorita, así es... Hace tres días murió el alcalde en extrañas circunstancias, y esta mañana fue su entierro. Todo el mundo está afligido, señorita...
-¿Extrañas circunstancias? ¿De qué tipo? -inquirió Peggy. El conductor tardó un poco en contestar, haciendo extrañas y lamentables muecas.
-Eh, lo desconozco... Algunos hablan del efecto de algún veneno... Su esposa y temas de infidelidades... -dijo en tono más bajo- Pero bueno, rumores, ya conoce como son las mujeres, jejeje. -El conductor, un paisano de unos cincuenta años, trató de salir de tan inoportuna conversación y de sus habituales deslices de lengua; su falta de discreción y prudencia.
domingo 12 de octubre de 2008
Entrada en ensayo de las civilizaciones galácticas I
"Si hubieran otros mundos tal como entendemos por civilizados, con una o varias razas lo suficientemente inteligentes para poder haber desarrollado su tecnología, ciencia, moral y su sistema de creencias... Qué otras diferencias podríamos hallar en ellas, aparte de su morfología y fisiología, sus costumbres, y una historia diferente, entre ellos y nosotros los humanos? Quizá en esencia seguirían siendo tan humanos como nosotros..."
S.J. Wattles, año 2108-2201, científica, antropobióloga, etnóloga de la NASA, y primer hombre (mujer) en mantener contactos extraterrestres vía larga distancia (externet).
S.J. Wattles, año 2108-2201, científica, antropobióloga, etnóloga de la NASA, y primer hombre (mujer) en mantener contactos extraterrestres vía larga distancia (externet).
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