viernes 26 de diciembre de 2008

Capítulo I. De vuelta a Inglaterra. Parte III


Ada no se inmutó, entretenida en sus regalos, obviamente, pero Peggy asió su mano y le indicó que bajaría. Ada optó por quedarse. Peggy, antes de abandonar la habitación se llevó consigo una caja grande metálica.

Una vez abajo vio a su hermana Adelaide, junto a su marido Terry y a su hijo que nunca había conocido hasta entonces Peggy. Tenía apenas un año, y ya era un niño risueño.

Adelaide vio a su hermana y sonrió. -¡Peggy! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo va todo por la Índia?
Se abrazaron y Peggy le contestó:- Bien, todo calmado.
-¿Has visto ya a Wilfred? ¿Has visto el sistema de calefacción que nos ha instalado? Ya no pasamos frío.
-Sí, ya lo he visto, es un genio... ¿Me dejas coger al pequeño?
-Oh, querida, aun no lo habías conocido en persona... Se parece a nuestro padre -dijo algo conmocionada.

Ciertamente, a pesar de ser tan pequeño, parecía una pequeña caricatura de su padre. Y también parecía advertir un futuro emprendido por la curiosidad. Peggy había dado el paquete metálico a cambio del niño, a su hermana.
-¿Y esto?
-Es para tía Margareth. Es té, un té que no se encuentra fácilmente en Inglaterra, ni en Europa, pero de calidad excepcional... Oh, es un encanto -Peggy jugueteaba con el niño-, Joseph...
-Al final se llama Joseph Albert, igual que nuestro padre. -entonces miró Peggy a Adelaide con melancolía.- Y también Lucius, como el padre de Terry. -Peggy suspiró, y devolvió Joseph a los brazos de su madre.
-También te he traído algunas cosas de la Índia. Y para el pequeño Joseph. No le digas nada a tía -aprovechando su ausencia- pero es un amuleto hindú. -acompañó con una sonrisa.-Ya sabes qué piensa de lo "pagano". -dejó escapar una mirada de complicidad.

Dejó el paquete de té en la mesa del recibidor, junto a su sombrero, y acompañó a su hermana hasta, de nuevo, la planta superior. Terry no la acompañó, sino que se dirigió a la sala de estar, ante el hogar.

Adelaide acunó a su niño, y salió de su habitación.
Adelaide recuperó una seriedad más habitual de su época estudiantil.
-¿Qué te ha llevado volver a estas tierras tan frías? -Peggy notó el calor que Wilfred había instalado en toda la casa. Sabía que se refería más concretamente a Kettering su hermana.
-He venido para saludar y veros. Mañana iré a Cambridge y...
-Para visitar a Wilfred, y de nuevo irte. Peggy, llega un momento en que deberías sentar cabeza.
Peggy la miró fijamente.
-¿Sentar cabeza? Desde luego, desde que decidiste casarte con ese est... Terry y quedarte en Kettering con tía Margareth, has cambiado muchísimo.
-¿Pero es que no te das cuenta, querida? Es la naturaleza de la mujer. Me di cuenta sobre todo cuando tuve a Joseph...
-¿Naturaleza de la mujer? ¿Quién dijo eso? ¿Quién dijo que existía eso, quizá Darwin, o quizá nuestra docta tía Margareth junto a toda la sociedad?
-No es eso... ¿Sabes qué dicen? Creen a veces que estás muerta, o rumorean la mala vida que podrías llevar allí. Incluso alguna vez llegaron a decir que incluso colaboraste con los cipayos en la Índia...
-Cipayos, que sabrán ellos... ¡Si fue antes que yo naciera!
-Da lo mismo. Alguna vez se burlan diciendo que parezco yo la hermana mayor de la familia... Y a veces creo que tienen razón. Deberías tomar tú las riendas de la casa, y de la familia, no yo, ni tía Margareth, ni Terry, que se ha convertido en el hombre de la casa. Nos gustaría a Terry y a mí abandonar esta casa, e irnos a vivir a Manchester, o a Liverpool.
-Veo que los intentos de contrarrestar la frialdad de esta casa no le han servido de nada a Wilfred. Ya se lo diré cuando le vea.
-Peggy -bajó la mirada Adelaide, y juntó sus manos.- Sé que eres quien más le ha costado afrontar la muerte de padre y de Isaac, sobre todo porque eres la mayor...
-¡No es eso! - Peggy se excitó de sobremanera, frunciendo el ceño fuertemente.
-¡Sht! ¡Despertarás a Joseph!
-He ido a afrontar la labor que padre no pudo acabar, y a mejorarla.
-La filantropía no alimenta ni conduce a una familia. Además tienes veintisiete años y aun no te has casado siquiera.
-Addie. No hay más que hablar. Definitivamente tenemos maneras de pensar diametralmente opuestas. Te quiero como hermana, y dejemos de discutir. Trátame de loca, si lo prefieres. Mañana me volveré a ir, y a veces creo que tengo menos motivos para volver, sino fuera por Ada, y por el pequeño Joseph... -bajó la mirada Peggy, y Adelaide se quedó mirándola. La abrazó y susurró "eres como papá". Sus ojos quedaron húmedos.
Peggy agarró la mano de Adelaide y la llevó a su habitación.

Ada ya no estaba. Peggy buscó de nuevo entre su equipaje, y obsequió a su hermana con unas telas indias de gran calidad, y otro sobrecito "Procura que Ada siga las instrucciones. Le di también semillas, pero de otra especie. Le pediré a Wilfred que os construya alguna especie de invernadero pequeño para casa". Peggy estaba realmente ausente, y también le dio un amuleto, en realidad turco, que no entendió como llegó hasta la Índia. Una cuenta de cristal azul con un punto negro en el centro. "Me contaron que esto protege de cualquier mal a los niños. Haz con ello lo que te plazca".

La hora de la cena llegó, y todo fue muy mudo y frío, hasta el sonido de la cubertería al chocar con la vajilla parecía que formaba parte del mismo pesado silencio. Peggy ya pensaba en irse hacia Cambridge. Recordaba otro motivo por el que decidió continuar el camino de su padre.