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Nór estaba corriendo hacia casa de Sol. Un silencio vacío seguía merodeando el pueblo.
Lo que más le aterraba era que casa de Sol estaba ante el Bosque Sombrío, el cual cada vez estaba más próximo a él.
Giró a mano derecha por la calle principal, calle que continuaría hasta el Bosque Sombrío y giraría para convertirse en una ruta que seguía el contorno del bosque, sin adentrarse. Allá estaba casa de Sol, una casa de dos pisos, tejado de pizarra azul oscura, que bajo la luz de la nocturnidad era casi negra, y paredes de piedra gris.
Nór corría. Llegó ante la entrada del jardín, y frenó. Movió la hoja de la puerta de la verja, estaba abierta. Se escabulló rápidamente hacia la casa y miró. Las ventanas eran de cristal pero ante el cristal había una malla metálica fijada en la pared.
Se concentró en la puerta. Hacía demasiado tiempo que no entraba por esa puerta. Buscó bajo varios objetos por si encontraba alguna llave escondida. Ni debajo de las macetas con pensamientos en el suelo, ni dentro de la tierra, ni bajo piedras... Nór no sabía que hacer. Se quedó de pie, mirando hacia el bosque, una nube oscura, una nube que absorbía toda luz. Desconfiaba, tuvo miedo. Se giró, cuando de reojo vio unos grandes ojos brillantes, aparentemente azules. Se volvió a girar para volver a tener frente a él el bosque. No había nada.
Decidió abrir la puerta de un empujón. Sol ya no tendría ningún interés en repararlo, y la casa estaba lo suficientemente alejada de otras casas como para que alguien se preocupara por el estruendo. Un estruendo pequeño, se esperaba Nór, no era muy corpulento y temía no poder abrirlo con el primer golpe. Pero tenía que hacerlo.
Se echó hacia atrás, hizo carrerilla, la puerta se abrió sin ninguna resistencia, y continuó abalanzado hasta caerse dentro de la casa. Nór no había probado si esa puerta también estaba abierta. El cierre no había sido forzado. Cerró la puerta y comprobó del todo que así era, pues el pestillo salió y bloqueó la puerta con absoluta normalidad.
Continuó hacia el interior de la casa.
Muchos muebles habían desaparecido. Nór no tenía ni idea de cual podría ser la cerradura que encajara con la llave. La volvió a sacar y la miró. Era una llave rara, antigua, pero a su vez sencilla, sin ninguna decoración. Lo extraño estaba en la forma de los dientes: era muy fino, rectangular y tenía unas hendiduras pequeñas. Temía que fuera un mueble y ya se lo hubieran llevado, porque debería averiguar quien se lo habría llevado, si es que no lo habían encontrado ya y probablemente destruido... Dejando de lado tales cábalas, Nór fue mirando todos los muebles que aun estaban. No veía ninguno con ningún cajón que llevara cerradura.
Había registrado toda la casa. Sol sólo tenía un cuadro, pero tras él tampoco encontró nada. Nór, desanimado, se trasladó hasta la cocina. Era una cocina sencilla con suelo de losas de cerámica rojiza, cocina de fuego de leña, donde los pocos armarios que habían no tenían tampoco ninguna cerradura. Nór agitaba la llave en su mano derecha, mirando a todo su alrededor, exhausto y meditabundo, y se le resbaló. Se agachó y la recogió. Mientras fue levántandose, vio ligeramente a la derecha una pequeña fisura en el suelo cerámico, en medio de una losa.
Se agachó a mirarla, era muy extraña, fina, con cierta profundidad,... Parecía el ojo de una cerradura, pero ¿en una losa de cerámica? Nór se rindió a lo absurdo, y probó encajando la llave.
Escuchó un repiqueteo metálico, y cuando tiró de la llave se fijó que podía mover una gran placa del suelo, hacia arriba. Una puerta de metal es lo que era, oculta por una placa de losas de cerámica. Pesaba mucho, pero consiguió moverla. Vio unas escaleras de mano, metálicas también, que bajaban hacia la oscuridad. Nór encontró por la cocina un candelabro con una vela blanca a medio terminar, la encendió, dejó la luz delante de la puerta, volvió a abrirla, tiró de la llave, y bajó lentamente, cerrando la puerta tras de sí, tras comprobar que la cerradura también estaba por el otro lado. Volvió a escuchar el repiqueteo metálico.
Cuando bajó, se encontró en una pequeña cámara, con otra puerta metálica con la misma cerradura, y un triángulo con círculos en relieve. Volvió a introducir la llave, suerte que decidió llevársela. Era sorprendente cómo aquella anciana tenía un lugar así en su casa, con tanta protección... Debió costarle mucho, y no recordaba haber visto obreros en su casa ni en aquella zona del pueblo en años.
Allí dentro, otra cámara densa y oscura con otra puerta de metal, vio una mesa de madera, vulgar y corriente, con algo recubierto por una tela negral. Luego descubrió la tela, y se encontró con un vetusto libro grueso, de cubiertas de cuero marrón desgastadas, con un grabado triangular, similar al de la puerta, envuelto por una cadena con tres grandes amuletos, "los triángulos utópicos". Eran triángulos de hierro, de casi un palmo de grande, y casi un dedo de grosor. Eran huecos por dentro, y tenía tres círculos, uno en cada punta, con una pequeña espiral en sentido contrario a las agujas del reloj, y bajo ellas una gema incrustada, y justo en medio otro círculo con una espiral en sentido a las agujas del reloj, pero sin nada debajo, de manera que estaba hueca. Eran el mismo símbolo que acompañaba la puerta de entrada, y la cubierta y contraportada del libro.
Encima del libro, pero, había otra nota.
"Si has llegado hasta aquí, gran beneficio resultará para todos los mundos.
Haber removido los amuletos y el contacto con el libro habrá resultado una llamada para los seres guardianes de las balizas que han salido a su búsqueda. Espero que hayas cerrado todas las puertas..."
Nór miró la puerta por la que había entrado, no estaba cerrada. Fue a mirar la otra, con temor, a pesar de saber que la había cerrado.
Emitía una extraña luz azulada por las rendijas, y temblaba. Nór se quedó congelado de miedo. ¿Qué estaba pasando?
El mismo pánico le arrancó del lugar, entró en la cámara del libro y cerró la puerta con llave.
Cogió el libro, y la nota cayó. La miró y siguió leyendo "...Los guardianes no tardarán en destruirlas, pero hay algunas protecciones en las puertas que tardarán más de lo normal. Coge los amuletos y póntelos encima, te protegerán. Espero que lleves encima el mapa, porque ya no hay vuelta atrás. Deberás ir directamente a la baliza para transportarte hasta otro mundo, donde de momento estarás a salvo. Abre la otra puerta, ciérrala tras de ti, y sigue el pasadizo. Encontrarás otra trampilla, la cual deberás abrir y salir corriendo todo recto hasta que veas una luz azulada. Allí estará la baliza. Los portales suelen encontrarse en algún lugar ante la baliza, invisibles. Por nada del mundo trates de tocar la baliza. Nunca. Y recuerda, lleva contigo el libro, SIEMPRE."
Y así lo hizo.
La trampilla le dejaba en medio del Bosque Sombrío, se olvidó el candelabro. Los amuletos pesaban mucho, y el libro no le había cabido en el bolso. Pero siguió recto, recto, aferrado al libro. Vio una luz azulada, primero pálida, luego fuerte hasta que sus ojos se acostumbrarón y vio un objeto que emitía luz, suspenso en el aire, en forma de prisma romboidal y rotaba en sí mismo lentamente. Tras de sí y alrededor oía ruidos, y unos gritos ensordecedores que no eran de ese mundo. Nór se armó de valor y continuó corriendo, mientras cerca de la baliza aparecía unos ojos azulados, del mismo color que la baliza.
Y cuando Nór ya tenía la baliza a un metro, desapareció.
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